miércoles, 17 de abril de 2013

Para el gobierno del PP, la exclusión social no es un riesgo, sino un insignificante daño colateral del que nadie debe hacerse responsable



Cuando el presidente de la COE dijo aquello tan nefasto que los trabajores debian trebajar mas y cobrar menos, sentó un precedente peligroso para todos los que están buscando un lugar conde ganrse un sueldo.
Si un señor con una idea de negocio no puede desarrollarla por falta de apoyo de la banca, no podrá dar empleo a nadie salvo a sí mismo.
Y claro, ni todos los que estan desempleados pueden convertirse en autónomos, ni los que están desesperados en las colas del "INEM" van a encontrar de hoy para mañana un empleo. Tanto da que sean jóvenes hasta 35 años (que locura, a esa edad ya estan en edad adulta, no basta con cambiar el rótulo) como que sobrepasen esa edad peligrosa de los 40, ya no tienen posibilidades reales de recolocarse.
Van a ser todos ellos dependientes de la administración de por vida. Subsidios, ayudas, depresiones, suicidios, etc.etc.
Hay tantas personas con una cualificación media que no encuentran empleo ....., no tan solo los que terminan hoy sus estudios están en esas listas malditas que no se acaban nunca.
Gobierno, banca, empresarios añejos y nuevos, ¿Que salida tenemos?

Después de haberse burlado hasta la saciedad de los “brotes verdes” en tiempos de Zapatero, no me explico cómo el Gobierno del PP tiene el valor de aventurar –con la que está cayendo- que 2013 será el último año de la crisis. En pocos días lo han asegurado así el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y el propio Rajoy; este último durante su discurso ante la Junta Directiva nacional del PP, tras la que -una vez más- no permitió preguntas de la prensa. Según ellos, hay indicios suficientes para pensar que volveremos a crecer de forma significativa el año próximo, aunque basta echar un vistazo a nuestro alrededor para dudar de que tales indicios existan.

Desde luego, no deben de referirse a la evolución del mercado de trabajo, porque los últimos datos oficiales –conocidos esta semana- son realmente pavorosos, por más que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, pretenda convencernos de lo contrario. Durante el mes de marzo, en efecto, hubo una pequeña disminución del paro registrado (cinco mil personas en números redondos), pero eso es sólo una verdad a medidas. Una de las verdades a medias que a los gobiernos –y en particular al de Rajoy- les gusta utilizar con frecuencia para que los ciudadanos crean cosas que luego ellos puedan afirmar que nunca dijeron.

Aunque el paro registrado por el antiguo INEM –hoy SEPE- experimentó un ligero descenso en marzo, lo cierto es que, lamentablemente, no se debió a la creación de empleo. Al revés: los contratos –tanto indefinidos como temporales- suscritos a lo largo de ese mes fueron 969.627; o sea, 85.000 menos que en marzo de 2012. Y eso sólo puede significar una cosa: que el paro registrado disminuyó porque cada vez son menos los que se apuntan a las oficinas de empleo, al haber perdido toda esperanza de que allí les ayuden a encontrarlo.

Hay un dato muy revelador: el colectivo “sin empleo anterior” lleva tiempo bajando, a pesar de que en los últimos doce meses se han evaporado más de 700.000 puestos de trabajo. Buena parte de ellos, por cierto, gracias a los desastrosos efectos de la reforma laboral impulsada por la señora Báñez. Pues bien, en el colectivo “sin empleo anterior” suele haber sobre todo jóvenes, entre los que -para desgracia de España- ya se vé cómo ha prendido la siempre inquietante llama del desánimo.

Lo peor ni siquiera es el cinismo. Invocar la inviolabilidad del hogar o la edad del hijo de la vicepresidenta del Gobierno para condenar los escraches, implica consecuencias más graves. Estas declaraciones explicitan que la sensibilidad de quienes se sienten agredidos se limita a los miembros de su propio grupo. Así, el hogar de los desahuciables se puede, y se debe, violar con una ley injusta en la mano, y sus hijos, igual que los de los proletarios del siglo XIX, no cuentan como bebés. Para el Gobierno del PP, la exclusión social no es un riesgo, sino un insignificante daño colateral del que nadie debe hacerse responsable.
Permítanme, por tanto, que levante la voz para aclamar el decreto de una consejera de IU, que aplauda con fervor la iniciativa de la Junta de Andalucía, la única medida que se ha tomado en España desde hace mucho tiempo para proteger un derecho constitucional esencial de los ciudadanos. A pesar de las constantes intoxicaciones, de las retorcidas interpretaciones que ha inspirado, esta disposición —equiparable por otra parte a las normas que penalizan a los propietarios de viviendas desocupadas en muchos países de la UE— tiene un valor que excede con mucho su propia aplicación.
No se podía hacer nada, decían, pero resulta que sí se puede. Ha muerto la política, decían, y miren por dónde, acaba de resucitar. Todos son iguales, decían, y sin embargo han dejado de serlo. Báñez le mete un hachazo a las pensiones por decreto mientras sus portavoces critican que Cortés escoja la vía del decreto para atacar a bancos y especuladores. Lo peor no es el cinismo. Lo mejor es que una Administración haya sabido reaccionar para sacarle los colores de la vergüenza a todas las demás. Y el fin de la cantinela del voto útil. Y la alegría de encontrar en la unidad de la izquierda una puerta abierta hacia el futuro
España ya no es la que era, ni siquiera la que iba a ser. Cientos, miles, docenas de miles de chavales agarran el petate y se largan al extranjero, donde sea, cuanto más lejos mejor. No es como cuando nuestros abuelos se iban a hacer las américas y volvían con una fortuna portátil en las manos; ni tampoco lo mismo que cuando nuestros padres marchaban a trabajar de albañiles o de camareros unos años para sacarse unos ahorros y regresar. Ahora se va la generación más preparada de nuestra historia (médicos, científicos, ingenieros, licenciados, doctorados) hartos de un panorama negro como la pez, de un país que sólo ofrece oportunidades a mangantes, lameculos e inútiles en general.
Y se van para no volver, no ya porque aquí no haya futuro, que no lo hay, sino porque el poco presente que nos quedaba lo vamos dilapidando a ritmo de pasodoble. Una monarquía putrefacta, una justicia empantanada, una casta política corrupta o inepta dan la medida del país. Se están yendo los cerebros y se quedan los culos, los estómagos agradecidos, también los pobres que no tienen ni petate que liar ni piernas para echar a correr.
Luis León, un amigo al que encontré en facebook trabajando de cocinero en Canadá, me dice que él no piensa volver, que ya está arreglando los papeles de inmigración para quedarse allí. No es un mal sitio para residir, algo frío, pero hace más frío aquí y más frío que va a hacer. Luis no es el único sino sólo uno más de los miles y miles de exiliados forzosos que se han lanzado al ancho mundo en busca de un curro, de una tabla de salvación. A este paso, facebook se va a convertir en la provincia más grande de España, la más joven desde luego, y la más lúcida también.
Esto es algo que siempre le agradeceremos a Mariano, pero también a José Luis, que estuvo ocho años llevando el relevo; a Jose Mari, que forjó una prosperidad con techo de cemento y pies de barro, un linaje de oligarcas analfabetos y jornaleros eruditos; a Felipe, que despilfarró una década en pelotazos y bonsáis; a todos y cada uno de los mandamases que siguieron promocionando una España de charanga y pandereta, un país de servicios, de camareros, de chapuzas, de banqueros impunes, de juerga y chirigota.
Lo que ha quedado, después de la juerga, es un lodazal devastado, una olla podrida, una corrida de toros humanos, un hazmerreír, un hazmellorar donde el dinero público se va por el desagüe de los eres andaluces o esquía tranquilamente por las cuentas suizas. Gracias a todo eso y a los hospitales desguazados y los colegios reconvertidos en guarderías se ha actualizado de golpe aquel escalofriante soneto de Quevedo en que no veía cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. El último que apague la luz.