viernes, 21 de junio de 2013

Se atusan el pelo con una mano mientras cobran un sobresueldo con la otra.



Montoro y los suyos no se han dado cuenta de que empiezan a referirse a la crisis como a un teatro en llamas. "Estamos saliendo de la crisis", dicen una y otra vez. Y la imagen que se nos viene a la cabeza es la de miles de personas intentando abandonar sin orden ni concierto un local angosto, en el que alguien ha gritado: "¡Fuego!". En eso ha devenido la crisis, en un espacio sin extintor de incendios donde, el miedo ha provocado una estampida que amenaza con producir más muertes que la misma catástrofe. Los que han logrado abandonar el local en llamas sin problemas son, claro, los mismos que aseguran que ya se aprecia la luz al final del túnel. Lo dicen mientras se sacuden el polvo y se atusan el pelo con una mano mientras cobran un sobresueldo con la otra. No es que hayan logrado abandonar la crisis, es que no llegaron a entrar en ella.

No saben lo que es acudir al ambulatorio de su barrio y verlo cada día más sucio, ni lo que significa hacer cola para unos análisis de sangre y de orina de los que dependen tu estado de ánimo. No saben cómo se viven las dificultades de escolarización del niño o la niña a punto de cumplir tres años. No tienen ni idea de la perplejidad del estudiante que, en tercero de carrera, ha de abandonar sus estudios porque no puede pagar las nuevas tasas. Si Bárcenas, tacita a tacita, logró reunir casi cincuenta millones de euros, significa que el dinero crecía en Génova como las malas yerbas. Con lo que se le quedaba al extesorero del PP en las uñas después de una jornada de partir y repartir, podríamos usted y yo vivir siete u ocho vidas a todo tren. Se dice pronto, cuarenta y siete millones de euros, una cantidad que ni siquiera sabríamos pronunciar en pesetas. De modo que estamos saliendo de la crisis, al menos según quienes jamás estuvieron en ella. Para que lo sepan, la crisis es un país inhóspito, dominado por el miedo. Miedo a levantarse de la cama, miedo a acostarse, miedo a coger un resfriado, miedo al telediario, miedo al miedo.
 De todo ese miedo público debería responsabilizarse alguien.
 En vez de eso, han gritado que se salve quien pueda.