domingo, 15 de enero de 2012

Una reforma laboral de verdad


Es necesario un contrato único indefinido con indemnizaciones por despido crecientes

La propuesta descrita ha sido elaborada por los autores del artículo y los profesores J. Andrés, A. Cabrales, J. I. Conde-Ruiz S. de la Rica, F. Felgueroso, J. I. García Pérez, M. Güell, M. Jansen, S. Jiménez, J. Messina y P. Vázquez


Tras veinte años de reformas laborales plagadas de atajos y absurdos (la reforma de 2010, por ejemplo, introdujo subsidios ¡a los despidos!), España continúa teniendo el mercado laboral más disfuncional de los países desarrollados. Increíblemente, en esta crisis, se ha alcanzado -por tercera vez en los últimos 25 años- el 20% de desempleo. La situación todavía puede empeorar más durante 2012, de acuerdo con las predicciones de la UE. En estas circunstancias, España no puede permitirse una nueva reforma laboral de mínimos.

Es necesario un contrato único indefinido con indemnizaciones por despido crecientes

¿Qué reforma hace falta? El pasado jueves, un grupo de economistas conocedores del mercado de trabajo presentamos, con el apoyo de FEDEA, un documento planteando los principios básicos que debe satisfacer una reforma laboral con posibilidades reales de éxito (www.fedea.es). Se trata de modificar profundamente, y de una vez por todas, el diseño institucional actual que tanto perjudica la competitividad de las empresas -creando graves obstáculos para la creación de nuevas empresas y para la viabilidad y el crecimiento de las pymes- y que tanta desigualdad genera entre trabajadores y entre empresas de diferente tamaño.
En nuestra opinión, tal reforma debe guiarse por dos principios fundamentales. Primero, debe responder a las necesidades de la sociedad en su conjunto, y no a las de las empresas grandes y los trabajadores protegidos que son quienes gozan del mayor reconocimiento institucional. Segundo, debe ser una reforma de calado, evitando más atajos y chapuzas que perpetúen los privilegios de algunos en detrimento de otros. En concreto, debe modificar en profundidad la protección por desempleo y las políticas activas de empleo, la negociación colectiva y la contratación laboral, tal y como describimos a continuación.
La protección por desempleo y las políticas activas de empleo deben utilizarse para atender en mayor medida a los grupos más desfavorecidos. Un plan de empleo juvenil que, como en el pasado, tire de subvenciones sin mejorar las deficiencias de las políticas activas existentes, sería tan ineficaz como sus antecesores. Enfrentarse a la crítica situación actual requiere reorientar estas políticas activas hacia los parados de larga duración (casi dos millones y medio de personas), hacia los jóvenes con insuficiente formación, y aumentar los recursos destinados a tales fines, pese al ajuste fiscal en curso.
Parte de los recursos adicionales necesarios para mejorar radicalmente dichas políticas deben proceder de la supresión de las subvenciones a la contratación indefinida y del uso de FOGASA para subvencionar despidos. La financiación también puede ampliarse permitiendo una mayor participación, con transparencia, de las agencias privadas en la intermediación y la formación laboral, mediante tarifas que discriminen en función del éxito en la colocación de los parados con más dificultades. Finalmente, como ya recoge la legislación, aunque hasta ahora sin consecuencias, las prestaciones deben estar rigurosamente condicionadas a la búsqueda efectiva de empleo o a la participación en programas de reinserción laboral o de reciclaje. De forma análoga, las empresas que abusen del sistema de protección por desempleo con una rotación excesiva de sus trabajadores deben contribuir en mayor medida a su financiación.
La negociación colectiva debe permitir que las empresas se adapten a las condiciones económicas. Por la forma en que se fijan en nuestro país, los salarios y otras condiciones de trabajo no responden ni a la situación cíclica de la economía, ni al paro, ni a la productividad de trabajadores y empresas. Así, las empresas pierden competitividad, respondiendo a cualquier perturbación negativa mediante despidos masivos. Facilitar la adaptación de las empresas requiere establecer la primacía de los convenios de empresa sobre los de ámbito superior, así como establecer umbrales reforzados de representatividad de las partes firmantes. Ahora, los convenios de ámbito supra-empresarial tienen eficacia de ley, aplicándose automáticamente a todos los trabajadores de un sector (normalmente a nivel provincial o autónomico). Esta situación, totalmente atípica en Europa, perjudica gravemente los intereses de los parados y de las posibles nuevas empresas.
Además, ningún acuerdo o convenio colectivo de ámbito superior debe tener la capacidad de vetar el descuelgue del convenio para las empresas, debiendo ampliarse las materias que pueden modificarse mediante acuerdos entre el empresario y los trabajadores al margen del convenio vigente, y aquellas que puede fijar libremente el empresario, con control judicial posterior.
Finalmente, la inercia de la negociación colectiva es una de las causas principales del diferencial desfavorable y crónico de la inflación española con respecto a la del área del euro y la erosión de nuestra competitividad. Para reducirla, es necesario tanto limitar la "ultraactividad" (duración ilimitada del convenio) -de forma que la eficacia de ley del convenio decaiga cuando haya transcurrido un año desde su vencimiento- como limitar al máximo el uso de cláusulas de indexación automática de los salarios con la inflación, ya abandonado en la inmensa mayoría de países europeos.
La reforma de la contratación laboral debe reducir drásticamente la dualidad. Desde finales de los años ochenta, un tercio de los asalariados son temporales (un cuarto ahora, en la crisis). Este nivel de temporalidad, excepcional en Europa, provoca una enorme inestabilidad del empleo y dificulta el crecimiento de la productividad. Reducir la dualidad subvencionando la contratación indefinida o alterando marginalmente los costes de despido se ha mostrado estéril. Es necesario introducir un contrato único de carácter indefinido con indemnizaciones por despido crecientes para las nuevas contrataciones. Además, debe suprimirse la autorización administrativa para los despidos colectivos, desconocida en el contexto europeo y con un importante efecto disuasorio para las decisiones de inversión en nuestro país.
Por otra parte, la reforma debe dotar de mayor flexibilidad horaria al contrato indefinido a tiempo parcial, de forma que sirva para cubrir empleos susceptibles de tener una distribución irregular de horas de trabajo a lo largo del año. También deben eliminarse las restricciones que aún impiden a las empresas de trabajo temporal operar plenamente como agentes de intermediación laboral y acomodar las necesidades de empleo estacional de todo tipo de empresas. De esta forma será posible eliminar los contratos temporales actualmente en vigor, dejando solo un contrato de sustitución o interinidad.
No existen soluciones mágicas para resolver el drama del paro insostenible cada vez que tiene lugar una recesión. Ahora bien, con una regulación laboral tan disfuncional como la existente, será imposible lograrlo. Tras casi tres décadas intentando cambiar marginalmente este mercado de trabajo tan ineficiente e injusto ha llegado el momento de hacerlo de forma decidida.

Maldita bendición


Latinoamérica se debate entre el beneficio que proporciona el auge de los metales, minerales y productos agrícolas y los daños a las poblaciones locales


Ya han pasado los siglos en que los conquistadores españoles explotaban a los indígenas para que extrajeran la plata de las minas de Potosí. Son tiempos en que los altos precios de las materias primas, incluidas las minerales, han permitido que muchos Gobiernos latinoamericanos, de derechas e izquierdas, aprovecharan el crecimiento de sus economías para reducir la pobreza y acotar algo la desigualdad. Latinoamérica se ha convertido en la meca para la inversión minera. Pero lo que parece una bendición también puede resultar lo contrario.
La región produce el 52% de la plata, el 45% del cobre y el 22% del zinc
Los Gobiernos han aumentado los impuestos y regalías sobre el sector
Más de 120 conflictos se han abierto contra la minería en la región. Por un lado, está la pelea por cómo se reparten los beneficios extraordinarios de los yacimientos entre las grandes mineras multinacionales, los Estados nacionales, las provincias, los municipios y la sociedad civil. La actividad minera suele emplazarse en poblaciones que, en general, eran y son pobres. Por otra parte, se encuentra el rechazo de cada vez más ciudadanos al impacto ambiental de la minería a cielo abierto (ya no se suelen usar más los socavones en la tierra) y con el uso de cianuro y arsénico para separar el metal de los residuos que se arrojan a un dique de cola. Dado el uso intensivo del agua, la minería despierta recelos en agricultores, bodegas y hasta compañías multinacionales de envasado de agua mineral, como sucede con Danone en Argentina.
El conflicto más violento se ha desatado en Perú. La región norteña de Cajamarca se rebeló contra un proyecto de 3.679 millones de euros de la minera estadounidense Newmont. Bajo la consigna de "agua, sí; oro, no", la población, con el apoyo de las autoridades regionales, inició el pasado 24 de noviembre una huelga de 11 días que incluyó bloqueos de carreteras. Los ciudadanos le temen al proyecto Conga de Yanacocha porque secará cuatro lagunas que ellos usan para la agricultura y ganadería. Newmont responde que se hará un trasvase de aguas a cuatro reservas, pero la población cajamarquina desconfía. Ante las huelgas, el Gobierno de Ollanta Humala decretó el 4 de diciembre el estado de emergencia en Cajamarca y envió al Ejército a frenar la protesta social, lo que le valió críticas de sus antiguos aliados de izquierdas. El 17 de diciembre, Humala levantó la medida de excepción para iniciar el diálogo, pero las protestas continúan.
La maldita bendición de la minería en Latinoamérica comenzó a partir de 2003, cuando los precios de los metales comenzaron a subir por la demanda creciente de China para abastecer sus industrias. En 2000, el gigante asiático suponía el 12% del consumo mundial de cobre. En la actualidad, el 40%. Y aún China tiene mucho potencial para crecer. El cobre, el níquel, el zinc y el hierro abastecen a las fábricas y al sector de la construcción. El oro y la plata son codiciadas por la industria y también por los inversores, que buscan refugiarse de las crisis mundiales de la deuda y del sector financiero en esos metales preciosos.
Se han quebrado dos tendencias que habían comenzado en la década de los setenta: una, la caída de la cotización de los minerales, que ya se encuentran por encima de aquellos niveles de hace 40 años, y otra, la reducción de las exportaciones mineras de Latinoamérica. Las ventas externas de la región han ganado desde 2003 participación respecto a las del resto del mundo. "La buena noticia es que no solo se incrementan las exportaciones mineras primarias, sino también las manufacturas de minerales", destacó Jeanette Lardé, analista de la división de recursos naturales de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), en un seminario sobre minería que organizó en diciembre el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE).
El 27% de las inversiones mundiales en exploración se entierran en este subcontinente cuya columna vertebral son los Andes. A su vez, se incorporan más países a la actividad, como Colombia, Guyana y Surinam, según Lardé. En 2000, Brasil, Chile, México y Perú concentraban el 26% de la inversión minera mundial. En la actualidad, el 40%. Latinoamérica produce el 52% de la plata del planeta, el 45% del cobre, el 32% del molibdeno y el 22% del zinc. Lardé destacó que el sector tiene "beneficios extraordinarios", incluso si se tienen en cuenta los costes de reposición del metal en el largo plazo y los incrementos de los salarios de los trabajadores y de los precios del combustible, los insumos y el acero. La región también capta un tercio de las rentas mineras del mundo, según la Cepal: unos 65.160 millones de euros en 2009, poco menos que el PIB de Eslovaquia.
Casi todos quieren quedarse con esas rentas. Los Gobiernos nacionales, regionales y locales cobran impuestos y regalías por tratarse de un recurso no renovable y propiedad del Estado. Chile creó las regalías en 2005 y las aumentó en 2010 con el argumento de que el sector más rico del país debía financiar la reconstrucción tras el terremoto de ese año. El Perú de Humala ya los incrementó en septiembre pasado. México estudia seguirle los pasos, mientras que Brasil no solo analiza una subida tributaria, sino también la posibilidad de elevar la participación estatal en los proyectos mineros. Venezuela ha nacionalizado el oro este año.
Las mineras, que en general son privadas y de países desarrollados (una excepción es la estatal chilena Codelco), reinvierten una parte y giran a sus accionistas otra tajada. Los propietarios de las tierras donde se descubre el mineral piden mayores arriendos, y los trabajadores mineros, mejores pagas, incluso con huelgas como las que este año se han registrado en Perú o en Chile. "Las comunidades piden salud y educación. Además, el escenario social se torna más complejo por los impactos ambientales, que llevan a prohibiciones de la actividad", comentó la analista de la CEPAL. En Argentina, por ejemplo, varias provincias han prohibido por ley la minería a cielo abierto y el uso de cianuro, pero otras dos, La Rioja y Río Negro, han vuelto sobre sus pasos, al tiempo que una norma nacional ha protegido los glaciares que a veces se destruyen para perforar las montañas. En La Rioja, ciudadanos del pueblo de Famatina bloquean desde hace casi dos semanas la carretera que conduce a una mina de oro. En México se han registrado episodios de violencia entre los empleados de las empresas y los pobladores.
"Asistimos a un ciclo económico que implica una nueva división del trabajo entre países centrales y el Sur", opinó Maristella Svampa, investigadora social del colectivo Voces de Alerta, en el seminario del IADE. "Los países centrales trasladan las actividades extractivas al Sur para cuidar su medio ambiente. Se busca la sobreexplotación de recursos naturales, cada vez más escasos, y la expansión de las fronteras (de la explotación) a zonas antes consideradas improductivas. La economía latinoamericana se reprimariza", añadió esta catedrática opuesta a la gran minería. Svampa consideró que esta actividad vulnera derechos ambientales, territoriales y de los pueblos indígenas.
El asesor académico de la Organización Latinoamericana de Minería (Olami), el geólogo Roberto Sarudiansky, le contestó que esta actividad "se puede hacer bien", es decir, con bajo impacto ambiental, y "el mundo no puede vivir sin ella". El representante de la Olami, entidad que encabezan los empresarios mineros de la región, pero también agrupa a otros actores sociales interesados en el asunto, alertó sobre una "demonización de la minería". Svampa señaló que, cuando un proyecto de inversión se radica en una zona, en general no se tiene en cuenta la opinión de los pobladores. Precisamente eso es lo que se debate por estos días en Cajamarca.

El largo siglo XVII


La Guerra de los Treinta Años sumió a Europa en una época de dificultades. En España, la recesión fue más intensa y la recuperación, más lenta. La costosa política imperial y los desajustes regionales en el crecimiento fueron básicos. Castilla se abocó a la depresión, mientras las regiones costeras se rezagaban en la explosión mercantil del litoral europeo
Las posibilidades de que España, en la Edad Moderna, se situase en el grupo de cabeza del desarrollo económico europeo eran escasas. En un mundo donde el sector agrario aportaba el grueso del PIB, carecía por razones medioambientales (clima, orografía, calidad del suelo, vías marítimas y fluviales) de recursos óptimos para ello. Pero las restricciones naturales no explican que el país, como sucedió, estuviese lejos de aprovechar entre 1450 y 1800 el potencial de crecimiento que aquellas permitían. Dos circunstancias históricas tienen, al respecto, gran relevancia: una, los desajustes que se operaron, principalmente, entre las economías del interior peninsular y del litoral mediterráneo durante largos periodos de los siglos modernos; dos, la duración e intensidad de la recesión que devastó las regiones del interior, las más pobladas y urbanizadas a finales del siglo XVI, entre 1580 y 1650, y la extrema lentitud de la recuperación posterior, que solo culminó avanzado el siglo XVIII

Se pasó de 37 a 22 ciudades. El interior tardó 170 años en recuperarse

La manipulación de la moneda de vellón para lograr recursos elevó la desconfianza
La deuda, que llegó al 60% del PIB con Felipe II, creció hasta la Paz de los Pirineos
Los Austrias se apoyaron en nobles y oligarcas, relegando al mundo urbano
Ambas apuntan a un largo siglo XVII, durante el cual la economía española se alejó del núcleo de Europa occidental. Hacia 1700, el escuálido aumento del tamaño demográfico y productivo de España había defraudado las perspectivas existentes en 1500 para una renovada colonización agraria de su superficie, tan vasta como poco poblada. Pese a sus dispares dotaciones de recursos, los resultados eran otros en los cuatro territorios que, junto al peninsular, registraban (exceptuada Escandinavia) las menores densidades demográficas del occidente europeo a comienzos del siglo XVI, Inglaterra y Escocia, Irlanda, Suiza y Portugal: de 1500 a 1700 estos pasaron, en promedio, de 12 a 25 habitantes por kilómetro cuadrado; España, de 11 a 15. Y al inicio del siglo XVIII, además, la posesión de inmensas colonias en América no podía compensar la desventaja que implicaba esa baja densidad demográfica (y económica). Ingleses, franceses y holandeses habían ido obstruyendo, durante el siglo XVII, el acceso a las producciones y los mercados americanos, al compás de la decadencia política y militar de la Monarquía hispánica.
La primera mitad del siglo XVII fue una época de dificultades en Europa pero, desde 1650, superado el peor periodo, coincidente con la Guerra de los Treinta Años, la recuperación se extendió y se consolidó. Arraigó entonces un proceso de concentración de la actividad económica y la urbanización en las zonas costeras. Este, impulsado por el progreso de la construcción naval, el desarrollo manufacturero y mercantil noroccidental y el incremento del comercio atlántico, convirtió a los litorales en los espacios más dinámicos de la economía europea.
En España, la intensidad de la recesión fue mayor en la primera mitad del siglo XVII y la recuperación posterior, con notables contrastes regionales, más tardía y dificultosa, lo que le impidió estar en primera línea del avance del componente marítimo de la economía occidental.
Las cifras de bautismos (ver gráfico 1) revelan que la población se redujo en todos los espacios peninsulares en algún momento del siglo XVII, pero con grandes diferencias. En el norte (Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra), aunque la caída fue significativa de 1610 a 1630, el nivel inicial se recobró pronto y el aumento posterior supuso un crecimiento del 25% sobre aquel hacia 1700. En el área mediterránea (Cataluña, Valencia y Murcia), un descenso algo más suave y una recuperación más vigorosa propiciaron, en 1700-1709, un índice un 26% mayor que el de base.
Andalucía occidental arroja un primer contraste: tras siete decenios de estancamiento más que de declive demográfico, la posterior recuperación amplió el nivel de base un 18% hacia 1700, pero solo un 15% respecto de 1580-1589. Es el interior peninsular (Castilla y León, La Rioja, Aragón, Madrid, Castilla-La Mancha y Extremadura) el que muestra diferencias más rotundas: una contracción demográfica más temprana, duradera e intensa, seguida de una recuperación mucho más lenta; el índice 100 no se recobró hasta 1720-1729, y los niveles máximos de 1580-1589 solo se rebasaron 170 años después, en 1750-1759.
La difusión del maíz en las regiones cantábricas y la de diversos cultivos comerciales en las del Levante ayudan a explicar que ambos litorales viesen crecer sus poblaciones desde 1660-1670, alza que se aceleró en las zonas mediterráneas tras la Guerra de Sucesión. Pero tales progresos tardarían mucho tiempo en compensar el desplome económico y humano del interior. La revolución agronómica que conoció el litoral septentrional no se tradujo, durante décadas, en un vigoroso proceso de urbanización y diversificación de actividades productivas.
En cuanto al litoral mediterráneo, el desencuentro era más antiguo. Entre 1480 y 1580, el periodo de auge de la corona castellana, Cataluña registró una tardía salida de la crisis bajomedieval y una modesta recuperación poblacional (en 1591, tenía 11 habitantes por kilómetro cuadrado, la densidad demográfica del conjunto de España en 1500), el Reino de Murcia siguió estando muy poco poblado, y el de Valencia, aunque creció más en el siglo XVI, afrontó en 1609 la sangría demográfica de la expulsión de los moriscos, el 27% de su población.
Este desencuentro, durante el siglo XVI, seguramente supuso la pérdida de notables sinergias entre el interior castellano y las áreas levantinas. En la primera mitad del XVII, el desplome de aquel y el escaso vigor de estas contribuyeron a un sensible retroceso demográfico en el momento de arranque de la economía marítima europea. Después de 1650, cuando el litoral mediterráneo pasó a ser el espacio peninsular con mayor potencial de crecimiento, las regiones del interior siguieron sumidas en una recuperación desesperantemente lenta. Y el modo pausado con que el propio Levante fue ganando peso específico, al menos hasta 1720, hizo que los efectos de arrastre en el conjunto de la economía española tardaran en adquirir fortaleza.
Las sinergias perdidas por tales desajustes en el largo plazo constituyeron un relevante factor adverso para el crecimiento económico de la España moderna. Entrado el siglo XVIII, estas disparidades acabaron propiciando un vuelco trascendental en la distribución de la población y de la actividad económica, a favor de las áreas costeras y en contra del interior, vigente desde entonces.
La trayectoria productiva de la Corona de Castilla, salvo en su franja húmeda del norte, fue muy negativa entre 1580 y 1700. Los diezmos de los arzobispados de Toledo y Sevilla (ver gráfico 2), que abarcaban la mayoría de la Submeseta Sur y de la Andalucía Bética, quizá las regiones más castigadas, revelan una intensa contracción del producto cerealista entre 1580 y 1610, la reanudación de la caída en la década de 1630, su culminación en la de 1680 y una escuálida recuperación, al final, que permitió alcanzar, en 1690-1699, los índices de 1600-1609, un 31% inferiores a los máximos de 1570-1579.
El producto agrícola no cerealista (vino y aceite, básicamente) registró un descenso aún más abrupto, sobre todo entre los decenios de 1620 y 1680, situándose en el de 1690 un 45% por debajo del de 1570. En cuanto a la evolución del producto no agrario, la aguda crisis urbana que sufrió la corona sugiere un desplome de las manufacturas y del comercio. Entre 1591 y 1700, la tasa de urbanización se contrajo una cuarta parte, y las ciudades castellanas con 10.000 o más habitantes pasaron de 31 a 18 (de 37 a 22 en el conjunto de España). Además, el peso relativo de los activos agrarios aumentó mucho en las urbes de ambas Castillas, Andalucía y Extremadura, lo que implica que la contracción de las actividades económicas típicas de las ciudades fue mayor que el propio descenso de la población urbana.
Las dañinas consecuencias de la costosísima y prolongada política imperial de la Monarquía constituyen, seguramente, el factor que más contribuyó al desplome económico castellano del largo siglo XVII. Aquellas fueron ubicuas, económicas, políticas y sociales, y actuaron tanto a corto como a largo plazo. Para mantener la hegemonía política y militar en Europa, y defender el patrimonio dinástico, los Austrias acrecentaron sus bases fiscales, elevando tributos y creando otros nuevos, a fin de ampliar su capacidad de endeudamiento. Por ese camino, Felipe II había acumulado deudas equivalentes, a finales del siglo XVI, al 60% del PIB español, porcentaje que debió de crecer sensiblemente, al descender este y agrandarse aquellas, al menos hasta la Paz de los Pirineos de 1659.
La Corona de Castilla soportó el grueso de una escalada fiscal que, iniciada en el último cuarto del siglo XVI, cuando la economía castellana trasponía su cénit, alcanzó el suyo en 1630-1660, coincidiendo con el fondo de la depresión. Su primer crescendo, en la década de 1570, perturbó el comercio, aumentó la fragilidad de muchas economías campesinas, acosadas por el alza de la renta de la tierra, y empobreció a las clases urbanas, cuyas subsistencias ya venían encareciéndose. Imperturbables, la nobleza y el clero, total o parcialmente exentos de cargas fiscales y partícipes en las rentas reales, siguieron ingresando hasta fin de siglo abultadas rentas territoriales y diezmos, y vendiendo sus frutos a precios crecientes, con lo que se acentuó un intenso proceso de redistribución del ingreso en contra de la mayoría de los castellanos. Cuando las cosechas cayeron abruptamente en las décadas de 1580 y 1590, descenso propiciado por un cambio climático desfavorable que se sintió en toda Europa, las vías hacia la recesión y la contracción demográfica quedaron expeditas.
Desde 1600, los perniciosos efectos de la política imperial se multiplicaron por varios caminos.
- La escalada fiscal dependió de impuestos que gravaban el tráfico comercial y el consumo, recaudados por las autoridades municipales (en 1577, aportaron la mitad de los ingresos tributarios de la Monarquía; en 1666, el 72%). En núcleos pequeños, el recurso a repartimientos, según el número de yuntas o el volumen comercializado por vecino, perjudicó singularmente a los labradores que poseían las explotaciones más productivas y orientadas al mercado. En ciudades y villas, donde las cargas tributarias tendieron a concentrarse, la proliferación de exacciones sobre el consumo, especialmente de vino, aceite y carnes, deprimieron la demanda de tales artículos, ya menguante por el descenso demográfico y la concentración en el pan del gasto en alimentos efectuado por unos consumidores con menos medios. Ello, como muestra el gráfico 2, potenció orientaciones productivas contrarias a las actividades agrícolas y ganaderas más productivas, rentables y mercantilizadas, favoreciendo el cultivo de cereales, que ganó peso relativo, y el autoconsumo. Las manufacturas urbanas, por su parte, con su demanda deprimida por el desplome de las ciudades y el empobrecimiento de sus habitantes, afrontaron, al encarecerse numerosos productos básicos, la consiguiente tendencia al alza de los salarios.
- La Monarquía presionó a las haciendas municipales imponiendo donativos y servicios extraordinarios con creciente frecuencia, y la compra, obligada para evitar que cayesen en otras manos, de jurisdicciones y baldíos enajenados del patrimonio real. Aquellas se endeudaron y promovieron dos arbitrios muy dañinos: el despliegue de una fiscalidad propia, añadida a la regia mediante recargos locales de los tributos que gravaban el consumo, y el arriendo o venta de notables porciones de tierras municipales, hasta entonces de aprovechamiento comunal. Lo uno avivó la escalada fiscal y lo otro, al encarecer el sostenimiento del capital animal de las explotaciones agrarias, entorpeció aún más su desenvolvimiento. Estas, pese al fuerte descenso de la renta de la tierra desde 1595 o 1600, no salieron de su postración. Ello evidencia el radical empobrecimiento de muchos campesinos, y sugiere que, si la caída de las rentas territoriales (exigidas en trigo y cebada), pese a su magnitud, guardó proporción con la del producto cerealista, estas conservaron parte de su potencial para bloquear la recuperación del cultivo durante mucho tiempo.
- La almoneda del patrimonio regio y la presión sobre las haciendas locales tuvieron otra vertiente: lograr la colaboración de la nobleza y, más aún, de las oligarquías municipales para movilizar el descomunal volumen de recursos requerido por la política imperial. A nobles e hidalgos, la Monarquía les pagó desprendiéndose de rentas, vasallos, jurisdicciones y cargos, lo que reforzó el poder señorial. A las oligarquías locales, consintiendo que aumentasen su poder político, su autonomía en asuntos fiscales y su control sobre los terrenos concejiles; así, sus miembros lograron que sus patrimonios eludiesen la escalada fiscal e, incluso, consiguieron ampliarlos con comunales privatizados.
- A cambio del apoyo de las élites, los Austrias renunciaron a ampliar su autoridad, y ello tuvo dos efectos adicionales de capital importancia.
De un lado, una fiscalidad más heterogénea y una soberanía más fragmentada, con más agentes con prerrogativas para intervenir en los mercados y los tráficos, incrementaron los costes del comercio y bloquearon la integración de los mercados en el ámbito de la corona. En este sentido, el enésimo arbitrio de los Austrias para allegar recursos, la manipulación de la moneda de vellón, que perdió toda la plata que contenía y fue sometida a bruscas alteraciones de su valor nominal, generando correlativas oscilaciones de los precios, hizo más incierto el comercio y hundió la confianza en el signo monetario.
De otro, el progresivo control de la nobleza y las oligarquías locales sobre las tierras concejiles, la mayor reserva de pastos y suelos cultivables, aumentaron su interés por el ganado lanar, especialmente desde 1640, cuando volvieron a crecer los precios de las lanas exportadas. Grupos poderosos con intereses distintos (fuese participar en el negocio ganadero o restaurar los niveles de las rentas territoriales) hallaron entonces un objetivo común: obstaculizar el acceso de los campesinos y sus arados a dicha reserva de labrantíos. Ya entrado el siglo XVIII, cuando la población castellana se fue acercando a los máximos de 1580, este frente antirroturador constituyó un freno de primer orden a la expansión del cultivo.
En suma, las múltiples y destructivas secuelas de la política exterior de los Austrias que las regiones castellanas padecieron entre 1570 y 1660, ahondaron y prolongaron la depresión, primero, y obstaculizaron después, durante décadas, la recuperación. Esa política originó una formidable succión de recursos que dañó principalmente a los labradores acomodados, los artesanos y los comerciantes, a las actividades productivas más mercantilizadas y al mundo urbano, reorientando a la economía castellana por un rumbo poco propicio para el crecimiento económico. Hacia 1700, apenas se atisbaban signos de recuperación en los campos y ciudades del interior, los más esperanzadores se habían desplazado hacia el Norte y el Mediterráneo, y el grupo de cabeza de la economía europea estaba un poco más lejos.
Este apretado recorrido por la España del siglo XVII ofrece dos lecciones de actualidad. Una, que no hemos aprendido, subraya la conveniencia de mantener separados megalomanía y gasto público. La otra, que quizá aún podamos atender, concierne al reparto social del coste de las crisis económicas. La negativa de los más ricos y poderosos a soportar una parte proporcional a sus recursos, no solo atenta contra la justicia (o el bien común, en términos del siglo XVII); también deprime la economía. El incremento de la desigualdad, en solitario, no estimula el crecimiento; únicamente generaliza la pobreza. Y ambos juntos pueden alargar una recesión y bloquear por largo tiempo la recuperación posterior.

miércoles, 11 de enero de 2012

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Producción de Iñaki Ibisate sobre la situación actual del alcoholismo. La cinta retrata de manera natural, sencilla y directa la estigmatización de este problema, a través de los testimonios de seis personas afectadasen una cinta que mezcla elementos documentales y de ficción, en unos escenarios de auténtica fantasía.
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Ya sé lo que me van a decir: "si se hace eso, muchos empresarios se irán de España"--- Y es posible que sea verdad... ¿Pero qué importa que se vayan unos chorizos que no producen más que miseria? ¿No sería mucho mejor que sólo quedasen aquí los que realmente sirven y crean, de manera práctica y honrada? ¿Acaso son necesarios los ladrones? ¿No nos llega ya con los banqueros?
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Al Capone sigue entre nosotros. Al Capone fue perseguido por Eliot Ness y su equipo por contrabando de alcohol (eran los tiempos de la Ley Seca), aunque finalmente el líder de la mafia de Chicago resu...
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Katarsis Documentales

http://www.rtpa.es/programa:Documentales_1278053616.html#

Producción de Iñaki Ibisate sobre la situación actual del alcoholismo. La cinta retrata de manera natural, sencilla y directa la estigmatización de este problema, a través de los testimonios de seis personas afectadas en una cinta que mezcla elementos documentales y de ficción, en unos escenarios de auténtica fantasía.

el caso Pablo: ¿Drogas?

el caso Pablo: ¿Drogas?

domingo, 8 de enero de 2012

La primera gran depresión europea; Las grandes crisis de la economía española EL SIGLO XIV

Guerras, epidemias, hambre... La Baja Edad Media vivió enormes convulsiones que causaron una profunda crisis en Europa y España. La sacudida al sistema feudal abrió las puertas de la modernidad al Viejo Continente

Tras varios intentos fallidos por superar la crisis de sus finanzas, la Hacienda del reino de Mallorca quebró finalmente en 1405. En los años anteriores se habían desplomado muchas bancas privadas en Barcelona, Valencia y la misma Mallorca, pero ahora no se trataba ya del hundimiento de entidades financieras particulares, sino de la bancarrota de todo un reino. La quiebra no solo obligó a consignar todos los ingresos fiscales de la isla al pago de los intereses de la deuda y a su amortización, sino que dejó en manos de los acreedores, en su inmensa mayoría barceloneses, la centralización del producto fiscal recaudado y la supervisión del pago de los intereses y de la gestión en general de la deuda pública.
La escalada de la deuda estuvo en el origen de los problemas
En Barcelona, el 61% del gasto público se destinaba a pagar intereses
Los impuestos se extendieron a todos los habitantes del reino
La especulación inmobiliaria disparó al alza los precios
No se trataba de una mera crisis coyuntural. Los problemas eran estructurales y venían de muy atrás. Treinta años antes, y solo veinte después de que Mallorca hubiese empezado a emitir deuda pública, las cuentas ya no cuadraban. Como apuntó en su día Álvaro Santamaría, de los 900.000 sueldos a que ascendían anualmente los ingresos teóricos globales, solo llegaban a recaudarse unos 660.000, mientras que el resto dejaba de percibirse por fraude fiscal o mala gestión. Para atender el desfase entre ingresos y gastos, la Hacienda mallorquina había contraído una deuda del orden de seis millones de sueldos, que obligaba al pago de intereses por un total aproximado de 600.000, es decir, la casi totalidad de los ingresos efectivos ordinarios.
En 1373, un administrador nombrado por la corona elaboró un plan de saneamiento de la Hacienda del reino que pasaba por reducir drásticamente el gasto público (adelgazando sensiblemente la nómina de salarios y gratificaciones pagados por la Administración; reduciendo el número de embajadas y misiones oficiales; limitando la inversión en obras públicas durante diez años a la conservación de las murallas, la conducción de aguas y el muelle; controlando el abastecimiento frumentario y prohibiendo la concesión de donativos graciosos con cargo a fondos públicos), fiscalizar con severidad las cuentas de la Administración pública (sometidas a auditorías, cuyos informes serían entregados a los nuevos gobernantes al inicio de su mandato anual) y amortizar la deuda en 10 años (reduciendo el tipo de interés del 10% al 8%, una moratoria de 10 años y un plan septenal de amortización). El plan no solo no funcionó, sino que la situación de las finanzas se agravó y, aunque hubo nuevos intentos por sanear la deuda (en 1392 se colocó ya a un catalán, en representación de los acreedores, al frente de las finanzas mallorquinas con el fin de asegurar el pago de los intereses), la Hacienda quebró finalmente en 1405.
El de Mallorca no es un caso aislado ni en la España ni en la Europa de la baja Edad Media. Hacia finales del siglo XIV el pago de los intereses de la deuda pública representaba entre la mitad y las tres cuartas partes del gasto municipal en las grandes ciudades italianas, francesas, alemanas, flamencas y holandesas. En la Corona de Aragón, donde la emisión de censales se había generalizado desde mediados del trescientos como el principal recurso financiero de las Haciendas locales, la deuda pública había adquirido ya niveles colosales antes de finalizar la centuria. En Barcelona, pasó de representar el 42% en 1358 al 61% en 1403; en Tarragona, del 54 % en 1393 al 72% en 1399; en Valencia, del 39 % en 1365 al 50 % en 1402; y en Mallorca, quizá el caso más espectacular, ascendía al 81% en 1378. Y como la deuda se financiaba con los ingresos fiscales -o tal vez fuera más exacto decir que se crearon nuevos impuestos y se incrementó la presión fiscal con el fin de financiar la deuda-, buena parte del esfuerzo fiscal de la población se desviaba en beneficio de los acreedores, de ciudadanos y mercaderes que invertían en la deuda pública -menos lucrativa, pero más segura- para diversificar sus riesgos, mucho antes de que tomasen el relevo la nobleza y las instituciones eclesiásticas, con un espíritu ya claramente rentista.
La imparable escalada de la deuda, uno de los mejores barómetros y a la vez una más de las múltiples causas de la crisis del siglo XIV, tenía su origen en las continuas peticiones pecuniarias de la monarquía, motivadas a su vez por el incremento del gasto bélico, y, en menor medida, en el desarrollo del propio aparato administrativo de un Estado cada vez más centralizado. En toda Europa la guerra fue un fenómeno casi permanente a lo largo del siglo XIV, uno de los grandes azotes, junto con la peste y el hambre, de esta centuria de grandes calamidades.
En la península Ibérica las campañas militares se suceden una tras otra a lo largo del trescientos: las cruzadas castellano-aragonesas contra Granada; la batalla del Salado, en la que las fuerzas combinadas de Castilla y Portugal derrotaron a los benimerines; la conquista de Cerdeña y las guerras continuas con Génova por el control del Mediterráneo occidental; la reintegración de Mallorca a la Corona de Aragón; las revueltas nobiliarias castellanas y las guerras de la Unión aragonesa y valenciana; y, sobre todo, la guerra civil castellana, que a su vez derivó en una guerra abierta entre las coronas de Castilla y Aragón, una guerra larga, costosa y destructiva que se inserta también en el marco general europeo de la Guerra de los Cien Años.
Las guerras segaban vidas, arrasaban las cosechas, asolaban pueblos y ciudades, interrumpían el comercio, dificultaban el abastecimiento y frenaban el crecimiento, pero también exigían fuertes sumas de dinero para financiar tanto las campañas militares -y en particular el pago de las tropas- como la posterior reconstrucción. Y el dinero salía de las ciudades y de las comunidades rurales, sometidas a nuevas y mayores exacciones, que de ser inicialmente extraordinarias pasaron a convertirse en ordinarias. Al contrario que los antiguos tributos feudales, recaudados en el ámbito estricto del señorío, los nuevos impuestos eran generales y universales, no se limitaban solo a los vasallos del rey, sino que se extendían a todos los habitantes del reino, a todos los súbditos del monarca, y se justificaban por el bien común o la utilidad pública. Aunque se invirtiesen en gastos tan dudosos -desde la perspectiva de los contribuyentes, que así lo denunciaban- como más guerras o más mercedes a privados y partidarios del soberano.
La construcción de un verdadero sistema fiscal y financiero, con impuestos ordinarios, regulares, sobre el patrimonio o sobre la comercialización y el consumo (sisas, alcabalas), hizo posible, primero en Cataluña y la Corona de Aragón y más tarde en Castilla, la consolidación de la deuda pública, basada ya no en créditos a corto plazo (préstamos a interés) sino a largo plazo (censales, juros). O más bien cabría decir que fue la consolidación de la deuda pública, consignada sobre determinados impuestos (en su mayoría indirectos) la que exigió y desembocó en el establecimiento de un verdadero sistema fiscal, primero municipal y después estatal.
En cualquier caso, y esto es lo relevante, ciudades, reinos (cortes y diputaciones) y monarcas dispusieron de nuevos instrumentos financieros con los que atender nuevas y crecientes necesidades (aunque en algunos casos acabarían llevándoles a la quiebra); el patriciado urbano y más tarde la alta aristocracia y el clero se beneficiaban del festín fiscal, redistribuido en forma de intereses de la deuda; y las clases populares, rurales o urbanas, contribuyentes netos, veían cómo se añadían a los censos agrarios y las rentas señoriales tradicionales los nuevos impuestos con los que se financiaban las haciendas locales y reales y, en particular, la deuda pública.
El incremento de la presión fiscal y el reparto de su producto entre la nobleza (profesionales de la guerra y altos cargos del Estado) y los inversores en la deuda son solo una de las manifestaciones de los grandes cambios eco-nómicos y sociales (pero también políticos, culturales e incluso religiosos, con el gran Cisma de Occidente) que tuvieron lugar en el siglo XIV y que los historiadores suelen englobar, extremando los tintes negativos, bajo la denominación general de "crisis del siglo XIV", "crisis del feudalismo" e incluso "gran depresión bajomedieval". Las otras manifestaciones son más conocidas, y por eso les dedico menos espacio en esta apretada síntesis.
Los primeros historiadores que se ocuparon de ella y los propios contemporáneos destacaron sobre todo la conjunción de catástrofes y calamidades que se abatió sobre la centuria y, en primer lugar, el terrible impacto de la peste negra, que diezmó a la población europea. La epidemia, de efectos letales en su doble variedad bubónica y pulmonar, llegó a la costa mediterránea de la Península en el verano de 1348 y rápidamente se propagó por toda Europa occidental, a lomos de las ratas que infestaban las bodegas de los barcos y los cargamentos comerciales. No había remedio contra ella, y lo único que podían recomendar los médicos y las autoridades públicas y religiosas, además de rogativas y actos de expiación colectiva, era huir de las ciudades más atestadas y expuestas. Como hizo Boccaccio, que se retiró a una villa alejada de Florencia, donde compuso el Decamerón en el año de la peste.
Aunque todas las estimaciones demográficas anteriores a la era estadística no pasan de ser eso, estimaciones, se calcula que entre una tercera parte y la mitad de la población europea sucumbió a la epidemia, lo que representó un verdadero colapso demográfico y económico (ver gráfico). Además, tan mortíferas como su primera irrupción fueron sus posteriores recurrencias -el segundo brote, en 1362, se cebó en la población infantil, sin defensas inmunológicas-, y el hecho de que la peste se instalase de manera permanente en la sociedad europea hasta más allá de los siglos medievales no dejó de ensombrecer las posibilidades de recuperación.
Mucho antes que la peste habían hecho su aparición las carestías y las hambres. Un cronista catalán de la época bautizó el año de 1333 como "lo mal any primer", el inicio de todos los males, cuando una mala cosecha disparó el precio de los cereales y extendió el hambre y la muerte por toda la Península. Solo en Barcelona murieron 10.000 de los 50.000 habitantes con que contaba la ciudad. Pero los efectos de la carestía se dejaron sentir también de forma severa en Castilla y Portugal.
En el norte de Europa la crisis había empezado una generación antes, con la gran hambruna de 1315-1317, provocada por el empeoramiento de las condiciones meteorológicas y la sucesión de malas cosechas, que golpeó a todo el continente, de Escocia a Italia y de Rusia a los Pirineos, pero que no afectó a la península Ibérica. Los testimonios de la época hablan de altos niveles de criminalidad, enfermedades, muertes masivas e incluso casos de canibalismo e infanticidio.
Frente a una visión catastrofista que situaba el origen de la crisis en la incidencia de factores exógenos como la peste y el enfriamiento climático (en el siglo XIV, en efecto, se inició lo que se conoce como la pequeña Edad del Hielo, que se prolongaría hasta mediados del XIX), la mayoría de los historiadores se ha decantado tradicionalmente por atribuir sus causas a factores de naturaleza endógena, como el desequilibrio entre población y recursos, los rendimientos decrecientes, la estructura de clases, la conflictividad social, la guerra permanente, la competencia entre los nuevos Estados emergentes o el aumento de la presión fiscal.
Para los historiadores neomaltusianos las causas de la crisis se encontrarían en las limitaciones internas del propio crecimiento -demográfico y económico en general- que había caracterizado a la economía europea en los tres siglos precedentes, del XI al XIII. La inflexión se habría producido ya en las últimas décadas del doscientos, cuando hicieron su aparición en algunas regiones -ciertamente no en la península Ibérica- los primeros síntomas de agotamiento, de haber llegado ya al final de la gran expansión medieval. Treinta o cuarenta años separan, en opinión de Bois, el final del crecimiento de la entrada en la depresión propiamente dicha. Y entre los factores que llevaron a ella señala en primer lugar la persistencia de la presión demográfica sobre una economía agotada e insegura, el alza de los precios y, en particular, la escalada del precio de la tierra.
Como en el caso de una burbuja, una verdadera fiebre especulativa se apoderó del mercado inmobiliario y presionó los precios al alza de manera irracional. Las tasas de interés, que durante la etapa de crecimiento habían descendido hasta un nivel medio del 5%, se elevaron hasta el 8% o el 10%. Todo ello se tradujo en graves desórdenes monetarios, particularmente en Francia, donde la moneda perdió el 50% de su valor, a la vez que las devaluaciones disparaban los precios y desencadenaban la especulación monetaria.
Este proceso constituyó el prolegómeno extremo (estancamiento técnico y productivo, aumento del gasto público improductivo, incremento de la deuda sobre activos sobrevalorados) que precedió y llevó finalmente a la depresión, con la caída de la producción y los precios agrarios y la contracción de la demanda, afectada ya por la crisis monetaria y el retroceso demográfico. Por su parte, la salida de la crisis -sobre la que no puedo extenderme aquí- solo vendría, a mediados ya del siglo XV, con un importante reajuste de las estructuras económicas, la reducción de los tipos de interés, la estabilización de la moneda y de los precios, el alza de los salarios y de los ingresos señoriales -gracias a la nueva fiscalidad centralizada- y la recuperación de la demanda.
Más allá de sus manifestaciones más virulentas y más allá también de las distintas interpretaciones con las que los historiadores la han intentado comprender, la gran depresión bajomedieval ha sido considerada también como una crisis sistémica, como una crisis del feudalismo (aunque no fuese la que terminase con él, como tampoco la crisis de 1929 terminó con el capitalismo). Otros, en cambio, se preguntan si no se trató más bien de una serie de dificultades a corto plazo o cuellos de botella de la producción, que podrían haberse superado de no haber irrumpido la peste.
En todo caso, la crisis se saldó con una profunda reorganización del sistema feudal, desde sus bases económicas (una mayor especialización e intensificación agrícola, mayores tasas de urbanización, el desarrollo de la manufactura, el incremento de la comercialización, la reducción de los costes de transporte) hasta sus estructuras políticas e institucionales (con el afianzamiento de las monarquías territoriales y la centralización del poder político y militar). Fue en este sentido, como la denomina Epstein, un proceso de "destrucción creativa", desatado por un periodo de rápido y traumático colapso demográfico, que se tradujo en una mayor integración económica e institucional, en una mayor competencia entre mercados y entre Estados y que colocaría a la economía europea en una senda de mayor crecimiento. Lejos de ver en ella solo sus aspectos calamitosos, la crisis de la baja Edad Media fue ante todo un motor del cambio económico, el escenario de la reorganización que permitió convertir el crecimiento en desarrollo. Europa y la economía europea saldrían reforzadas de la prueba.
Antoni Furió Diego es catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valencia.

Lecciones de la recesión; Un grupo de historiadores vuelve al pasado para ayudar a entender los males de hoy

Cuando la bola de las hipotecas subprime empezó a rodar en EE UU, a mediados de 2007, muy pocos aventuraban que aquello fuese a ser mucho más que otro sobresalto financiero, una intensa, pero breve, corrección en los mercados bursátiles tras el estallido de una burbuja, como ocurrió con las empresas puntocom en el arranque del siglo. Era una visión generalizada, sobre todo en Europa, donde se limitaba el descalabro a la banca de inversión estadounidense. Año y medio después ya estaba claro que la crisis, por su impacto en la economía de los países avanzados, pasaría a la historia. Han discurrido más de cuatro años, y lo que se debate ahora es si la Gran Recesión, como aún se la conoce, no será un nombre de guerra demasiado amable, vistos los estragos ocasionados. Sobre todo, en Europa.
El exceso de deuda, la desigualdad o los ajustes abundan en el relato
Los desastres económicos disparaban hambre y mortandad
"El pasado puede ayudar a evitar errores", dice el catedrático Llopis
La rapidez con la que se asumió que esta crisis es un fenómeno histórico se tradujo, en España, en el brusco despertar de un sueño de prosperidad que había durado 15 años. Con los ojos de la Gran Recesión, aquella etapa apacible se revela como una época de excesos y desequilibrios, origen de muchos de los males actuales. Esa experiencia empuja a una revisión más amplia del pasado de la economía española, en busca de referencias que sirvan de guía en la comprensión de lo que ocurre hoy.
Y eso es lo que propuso a Negocios un grupo de historiadores económicos, coordinado por Enrique Llopis, catedrático de la Universidad Complutense. "Salvo excepciones, nos hemos prodigado poco en los medios de comunicación. Nos sentimos más cómodos en nuestros propios y estrechos circuitos, en congresos, seminarios, revistas científicas y libros para especialistas. La gravedad de los problemas que aquejan a España demanda que abandonemos ese relativo aislacionismo y que intentemos transmitir a un público más amplio los principales resultados de nuestras investigaciones sobre las grandes recesiones de la historia económica española en el último milenio", explica.
La colección de siete artículos que arranca hoy bucea hasta el final de la Edad Media para emerger en la Gran Recesión. En este apretado recorrido por grandes crisis económicas, los historiadores se adentran en el siglo XVII, en el funesto inicio del siglo XIX, en las réplicas de la Gran Depresión en la década de 1930, en la primera etapa del franquismo o en los años setenta del siglo pasado, donde confluyeron la crisis internacional del petróleo y los necesarios ajustes internos simbolizados en los Pactos de la Moncloa.
La amplitud del recorrido descarta, de partida, que este sea un ejercicio de comparación con los motivos y las consecuencias de la crisis actual. Para hacer aflorar el pasado más lejano, los historiadores se ven obligados a escudriñar partidas bautismales, diezmos o registros de aduanas. Nada parecido al enorme aparato estadístico, el maná de datos de todo tipo con el que se calibra el día a día de la Gran Recesión. Muchas crisis económicas se aceleraban por devastadoras guerras o epidemias calamitosas; otras se dilataban por décadas de estancamiento. Hasta bien entrado el siglo XX, la economía española dependía de un sector agrario, en buena parte, poco productivo. No hay comparación posible, tampoco, en los efectos de una recesión, que antes disparaba la mortandad y la hambruna. Algunos de los apelativos que recibieron las crisis analizadas -"la pequeña edad de hierro", "el largo siglo XVII", "los años del hambre"-, hablan por sí solos.
"La potencial aportación de las lecciones del pasado a la toma de decisiones en el presente no debe magnificarse, pero, tal vez, desvelar las claves de ciertos hitos históricos ayude a evitar o minimizar yerros y a incorporar al análisis de los asuntos candentes una perspectiva temporal más amplia", añade el catedrático Llopis, quien enfatiza que, en la serie de artículos, se presta "una especial atención al papel que los acontecimientos europeos e internacionales tuvieron en la gestación y superación" de las grandes crisis económicas españolas.
La explosiva combinación de choques externos con las fragilidades de la economía española es algo más que una coincidencia en este recorrido histórico. También es recurrente que los efectos del derroche por los que gestionan la Hacienda se hagan notar enseguida, o que la deuda pública se convierta en un termómetro habitual de la crisis, como desvela ya en la primera entrega de la serie el catedrático de la Universidad de Valencia Antoni Furió al tratar la crisis en la baja Edad Media. La débil productividad o los efectos de una distribución de la renta muy desequilibrada son también asuntos que emparentan tiempos tan dispares.
"Nuestra preocupación como ciudadanos impregna esta colección de artículos sobre los grandes desastres económicos de nuestro pasado remoto, y no tan remoto", acota Llopis. Durante las próximas semanas, los textos de los historiadores revelarán que incluso las recesiones más distantes dejan valiosas lecciones para arrojar luz sobre la Gran Recesión.

Multiplícate por cero; “En economía, la mayoría siempre se equivoca” (John Kenneth Galbraith)

Al Capone sigue entre nosotros


Al Capone fue perseguido por Eliot Ness y su equipo por contrabando de alcohol (eran los tiempos de la Ley Seca), aunque finalmente el líder de la mafia de Chicago resultó atrapado y condenado en 1931 por evasión de impuestos. Ahora, la venta de alcohol es legal, pero los tiempos de Al Capone están presentes en el campo fiscal. El fraude tributario se ha convertido en una rama más de negocio para las mafias que obtienen pingües beneficios, por ejemplo, a través de las tramas de IVA y las devoluciones por este
impuesto. Como dice un inspector de Hacienda: “ Cada vez el fraude fiscal se parece más a un problema policial que fiscal”. Desde hace años, no basta con comprobar las declaraciones y ver si cuadran las facturas o los extractos bancarios, sino que, en muchas ocasiones, son procedimientos como las escuchas telefónicas –autorizadas por un juez– o requisar los ordenadores de una sociedad las que permiten atrapar a los defraudadores.
El plan de lucha contra el fraude esbozado por el Gobierno incluye pocas medidas nuevas. Tan sólo la de limitar los pagos en efectivo, una propuesta que no llevaba en su programa electoral y que, sin embar-
go, sí había sido planteada por el PSOE, IU y Attac. Todas las demás ya las había puesto en marcha la Agencia Tributaria desde hacía tiempo. En concreto, ya se cruzan los datos del recibo de la luz y de las tarjetas de crédito para detectar dinero negro y economía sumergida. La Comisión Europea ha acogido con cautela los efectos del plan antifraude sobre la reducción del déficit puesto que son ingresos no seguros. Además, el plan se queda corto pues hay otras muchas actuaciones que se podrían incluir. Empezando por un cambio de estrategia: los impuestos están para recaudar y no para inducir comportamientos económicos.
Subvención, no deducción
Si se quiere incentivar algo, es preferible una subvención que una deducción, porque las primeras son más fáciles de controlar, mientras que las deducciones pueden acabar convirtiéndose en un coladero fiscal. No es lo mismo tener que presentar los papeles para demostrar el derecho a recibir una subvención que aplicar directamente una deducción fiscal que puede que no se revise. Es cierto que es mucho más ágil y fácil de gestionar la vía de las deducciones que la de las subvenciones, pero, en estos momentos en que hay que obtener ingresos como sea, la mejor manera es no desperdiciando los pocos que se tienen.
Otro elemento con amplio margen para cerrar agujeros de fraude es el Impuesto sobre el Valor Añadido, y no sólo por el manido “con IVA o sin IVA”, sino porque las tramas mafiosas se están forrando al cobrar devoluciones por un IVA que no ingresan. Lo que es mucho más sangrante, puesto que ya no es que no paguen el IVA, sino que se llevan recursos públicos en una auténtica estafa al Estado.
Los inspectores que persiguen estas tramas llegan a decir que el IVA es un impuesto pensado casi para defraudar. Las tramas carrusel, el fraude en el gasóleo, la utilización de sociedades pantalla son, desde hace años, objetivo prioritario en las actuaciones de inspección. Pero lo que se ha demostrado es que es más efectivo cambiar la ley o imponer controles previos que ir después a intentar que una empresa que ya no existe devuelva lo que defraudó.
Cuando el sistema permite hacer autofactura, repercutir el impuesto y luego deducirlo, cobrar esa deducción y nunca ingresar el impuesto, algo falla en el procedimiento. Igual que falla que no se hayan adoptado más medidas efectivas contra los paraísos fiscales y el secreto bancario. O que se haya subido el IRPF a las rentas medias sin que se imponga un impuesto a las grandes fortunas. O que varias autonomías sigan sin recuperar el Impuesto sobre Patrimonio mientras recortan el Estado del bienestar. Pero hay otras muchas faltas. ¿Qué es lo que falla a tu juicio en la lucha contra el fraude?
 
El fraude es una lacra, y en los países mediterraneos -sobre todo los que han vivido dictaduras más o menos recientes-, más. Hay un problema de mentalidad gravísimo, que confunde Estado y Gobierno, que ensalza la figura del "listo" a la vez que machacan al inteligente, y que -por desgracia- tiende a extenderse, porque los padres corruptos intentan evangelizar a sus hijos en los beneficios de la Trampa. Vemos a menudo a personajes llenarse la boca con proclamas patriotas, que sin ningún problema de conciencia, defraudan al fisco, engañan a sus clientes y estafan a sus trabajadores, hundiendo un poco más este Pais que tanto dicen amar. Porque en realidad la única patria que aman es el dinero, y ya se sabe que nunca es suficiente. Yo creo, con dolor, que nuestra mentalidad es más de creencias y conveniencias que de idelogías, y que por eso se consigue más con multas que con razones. Por eso creo que no sería mala idea endurecer , y mucho, las penas por fraude fiscal,-aparte de prohibir las sicav, y volver a obligar a los ricos a pagar impuestos proporcionalmente a sus ganancias-. También convertir en delito muy grave la creación de empresas fantasma. Ya sé lo que me van a decir: "si se hace eso, muchos empresarios se irán de España"--- Y es posible que sea verdad... ¿Pero qué importa que se vayan unos chorizos que no producen más que miseria? ¿No sería mucho mejor que sólo quedasen aquí los que realmente sirven y crean, de manera práctica y honrada? ¿Acaso son necesarios los ladrones? ¿No nos llega ya con los banqueros?