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domingo, 16 de diciembre de 2012

Un mercado que no esta al servicio de los ciudadanos





El pasado 30 de noviembre, el día que se revalorizaban las pensiones, los españoles recibimos una sorpresa positiva: una tasa de inflación mucho menor de la esperada, que permitía reducir el déficit estructural del Gobierno. ¿Qué había sucedido? El Instituto Nacional de Estadística (INE), en su nota, lo explicaba: una fuerte caída del precio de los carburantes. Pero ¿por qué había descendido de forma tan conveniente el precio de la energía? En un post en NadaEsGratis, blog de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA), Pol Antràs, catedrático de Harvard, e Ignacio Conde-Ruiz, profesor de la Complutense, muestran que desde el 15 de octubre el precio de la gasolina eurosuper de 95 octanos bajó como media un 6,5% en la zona euro, mientras que la caída en España fue más del doble, el 13,5%. La gasolina diésel cayó el 8,1% en España, frente al 3,7% en la zona euro. ¿Por qué este excelente comportamiento si los precios de la materia prima son fijados en mercados internacionales y no hubo cambios en los impuestos?
La sospecha de que había gato encerrado se incrementa cuando vemos que la mejora de España empieza a evaporarse a la semana siguiente: la gasolina eurosuper subió un 0,3% en España, mientras que en Europa bajaba un 1,7%. ¿Pero cómo es posible que compañías privadas se pongan de acuerdo para bajar los márgenes a la vez y volverlos a subir? El ministro de Industria, José Manuel Soria, dio su respuesta en una entrevista en televisión: sin rubor, explicaba a su entrevistadora que había llamado a las compañías petroleras para que “arrimaran el hombro”, porque si no tenía listo un decreto que sería mucho peor para ellas. El mensaje que parece haber detrás, vista la evolución posterior, es: “Os dejamos en paz una vez pase el dato de inflación”. Es decir, los precios de la gasolina se fijan a golpe de telefonazo, a oscuras, sin un proceso público y sin información sobre lo que cada parte concede y exige.
Un segundo ejemplo de la ausencia de una mínima distancia entre poder político y grandes empresas se ha producido en la no-reforma del sector eléctrico. Como explicaba la agencia Bloomberg el 21 de agosto, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, que bloqueó el intento inicial de la reforma eléctrica (consistente en parte en incrementar los impuestos a la energía fotovoltaica) propuesto por el ministro de Industria, había sido fundador de la consultora que asesoraba a las compañías eléctricas que perdían con aquella reforma inicial, consultora que es ahora propiedad en parte de su hermano y del hermano de su jefe de Gabinete. La reacción de las cotizaciones al anuncio de la reformada no-reforma el día del Consejo de Ministros, el 14 de septiembre (recordemos, se supone, que con la reforma se anuncian nuevos impuestos), fue una subida generalizada de las acciones, incluyendo alzas del 7% para Acciona.
Un último ejemplo de la falta de transparencia y su coste para los contribuyentes ha sucedido con el rescate del Banco de Valencia. Las apuestas de todos los que observaban el mercado era que la Comisión Europea bloquearía la ayuda (como así ha sido) y, dado el penoso estado de este banco, lo liquidaría, con sustancial ahorro para el contribuyente y con las pérdidas absorbidas —como debe ser en cualquier mercado— por los que imprudentemente invirtieron o prestaron a la fracasada entidad. El inversor se arriesga; por eso es inversor. Si no quiere riesgo puede poner el dinero en un depósito. Recordemos, esta entidad no es sistémica (es un 1% del sistema financiero) y su agujero es enorme. Pues bien, el Estado ha preferido vender el Banco de Valencia por 1 euro tras recapitalizarlo con 4.500 millones (que se suman a los 1.000 millones anteriores) y tras añadir un esquema de protección de activos que cubre el 72,5% de las pérdidas futuras en ciertas carteras del banco. Es decir, el Estado transfiere a fondo perdido una cuarta parte del valor de los activos del banco y además con un esquema de protección de activos sobre el resto. Las pérdidas estimadas por Oliver Wyman en el peor caso posible son 3.400 millones. La explicación de por qué se ha decidido no liquidar el banco y de cuáles eran las alternativas consideradas y cuánto costaban está aún por darse.

La fusión cuasi peronista entre lo público y lo privado está adquiriendo una velocidad preocupante
Esto son solo tres ejemplos de una tendencia peligrosa. Durante esta crisis, la fusión cuasi peronista entre lo público y lo privado, basada en las adjudicaciones y decisiones en habitaciones cerradas, sin transparencia, con actuación directa en la esfera económica del poder político, está adquiriendo una velocidad preocupante. Nos acercamos a velocidad creciente a la España de los cincuenta. Podríamos dar miles de ejemplos más, como el más reciente de Ana Pastor, ministra de Fomento, exigiendo a una compañía privada casi quebrada que vuele en ciertas rutas (¿se imaginan quién va a pagar la factura por los futuros vuelos subvencionados a La Habana?). El más notable ha sido el alucinante intento de suprimir, contra toda la práctica internacional, la independencia de los reguladores de todos los mercados (por suerte rechazado por Bruselas) para sustituirlos por un nuevo regulador único subordinado al Gobierno. A pesar del excelente papel de la Comisión Europea protegiendo a los ciudadanos españoles en este tema (como en el de las ayudas bancarias), la propuesta que aún maneja el Gobierno continúa en la dirección hacia un pasado que imaginábamos superado.
El coste de esta falta de transparencia es enorme, incluso para el Gobierno. Decisiones que seguramente sean correctas, a pesar de ser muy dolorosas, como la de las nuevas tasas en la Justicia —mucho menores que en el resto de Europa—, que ayudarán a eliminar el atasco gigante que genera el gratis total y que tienen disposiciones para eliminar su impacto sobre la desigualdad, son recibidas con enorme desconfianza por los ciudadanos cuando estos temen que los Gobiernos actúan ayudando a los poderosos y a intereses inconfesables.
En vez de bajar el precio de la gasolina por unos días, lo correcto es que haya una investigación transparente de la competencia en el sector, por un regulador fuerte e independiente y con capacidad decisoria y sancionadora. El Estado tiene la obligación de dar explicaciones a los ciudadanos con transparencia y claridad, de decir qué ha hecho, con qué criterio. Y de evitar la apariencia, cuando no la realidad, de contubernio con las compañías reguladas. Los españoles ya tienen suficientes problemas encima. No les añadamos la sensación de que les están tomando el pelo. J

domingo, 15 de enero de 2012

Una reforma laboral de verdad


Es necesario un contrato único indefinido con indemnizaciones por despido crecientes

La propuesta descrita ha sido elaborada por los autores del artículo y los profesores J. Andrés, A. Cabrales, J. I. Conde-Ruiz S. de la Rica, F. Felgueroso, J. I. García Pérez, M. Güell, M. Jansen, S. Jiménez, J. Messina y P. Vázquez


Tras veinte años de reformas laborales plagadas de atajos y absurdos (la reforma de 2010, por ejemplo, introdujo subsidios ¡a los despidos!), España continúa teniendo el mercado laboral más disfuncional de los países desarrollados. Increíblemente, en esta crisis, se ha alcanzado -por tercera vez en los últimos 25 años- el 20% de desempleo. La situación todavía puede empeorar más durante 2012, de acuerdo con las predicciones de la UE. En estas circunstancias, España no puede permitirse una nueva reforma laboral de mínimos.

Es necesario un contrato único indefinido con indemnizaciones por despido crecientes

¿Qué reforma hace falta? El pasado jueves, un grupo de economistas conocedores del mercado de trabajo presentamos, con el apoyo de FEDEA, un documento planteando los principios básicos que debe satisfacer una reforma laboral con posibilidades reales de éxito (www.fedea.es). Se trata de modificar profundamente, y de una vez por todas, el diseño institucional actual que tanto perjudica la competitividad de las empresas -creando graves obstáculos para la creación de nuevas empresas y para la viabilidad y el crecimiento de las pymes- y que tanta desigualdad genera entre trabajadores y entre empresas de diferente tamaño.
En nuestra opinión, tal reforma debe guiarse por dos principios fundamentales. Primero, debe responder a las necesidades de la sociedad en su conjunto, y no a las de las empresas grandes y los trabajadores protegidos que son quienes gozan del mayor reconocimiento institucional. Segundo, debe ser una reforma de calado, evitando más atajos y chapuzas que perpetúen los privilegios de algunos en detrimento de otros. En concreto, debe modificar en profundidad la protección por desempleo y las políticas activas de empleo, la negociación colectiva y la contratación laboral, tal y como describimos a continuación.
La protección por desempleo y las políticas activas de empleo deben utilizarse para atender en mayor medida a los grupos más desfavorecidos. Un plan de empleo juvenil que, como en el pasado, tire de subvenciones sin mejorar las deficiencias de las políticas activas existentes, sería tan ineficaz como sus antecesores. Enfrentarse a la crítica situación actual requiere reorientar estas políticas activas hacia los parados de larga duración (casi dos millones y medio de personas), hacia los jóvenes con insuficiente formación, y aumentar los recursos destinados a tales fines, pese al ajuste fiscal en curso.
Parte de los recursos adicionales necesarios para mejorar radicalmente dichas políticas deben proceder de la supresión de las subvenciones a la contratación indefinida y del uso de FOGASA para subvencionar despidos. La financiación también puede ampliarse permitiendo una mayor participación, con transparencia, de las agencias privadas en la intermediación y la formación laboral, mediante tarifas que discriminen en función del éxito en la colocación de los parados con más dificultades. Finalmente, como ya recoge la legislación, aunque hasta ahora sin consecuencias, las prestaciones deben estar rigurosamente condicionadas a la búsqueda efectiva de empleo o a la participación en programas de reinserción laboral o de reciclaje. De forma análoga, las empresas que abusen del sistema de protección por desempleo con una rotación excesiva de sus trabajadores deben contribuir en mayor medida a su financiación.
La negociación colectiva debe permitir que las empresas se adapten a las condiciones económicas. Por la forma en que se fijan en nuestro país, los salarios y otras condiciones de trabajo no responden ni a la situación cíclica de la economía, ni al paro, ni a la productividad de trabajadores y empresas. Así, las empresas pierden competitividad, respondiendo a cualquier perturbación negativa mediante despidos masivos. Facilitar la adaptación de las empresas requiere establecer la primacía de los convenios de empresa sobre los de ámbito superior, así como establecer umbrales reforzados de representatividad de las partes firmantes. Ahora, los convenios de ámbito supra-empresarial tienen eficacia de ley, aplicándose automáticamente a todos los trabajadores de un sector (normalmente a nivel provincial o autónomico). Esta situación, totalmente atípica en Europa, perjudica gravemente los intereses de los parados y de las posibles nuevas empresas.
Además, ningún acuerdo o convenio colectivo de ámbito superior debe tener la capacidad de vetar el descuelgue del convenio para las empresas, debiendo ampliarse las materias que pueden modificarse mediante acuerdos entre el empresario y los trabajadores al margen del convenio vigente, y aquellas que puede fijar libremente el empresario, con control judicial posterior.
Finalmente, la inercia de la negociación colectiva es una de las causas principales del diferencial desfavorable y crónico de la inflación española con respecto a la del área del euro y la erosión de nuestra competitividad. Para reducirla, es necesario tanto limitar la "ultraactividad" (duración ilimitada del convenio) -de forma que la eficacia de ley del convenio decaiga cuando haya transcurrido un año desde su vencimiento- como limitar al máximo el uso de cláusulas de indexación automática de los salarios con la inflación, ya abandonado en la inmensa mayoría de países europeos.
La reforma de la contratación laboral debe reducir drásticamente la dualidad. Desde finales de los años ochenta, un tercio de los asalariados son temporales (un cuarto ahora, en la crisis). Este nivel de temporalidad, excepcional en Europa, provoca una enorme inestabilidad del empleo y dificulta el crecimiento de la productividad. Reducir la dualidad subvencionando la contratación indefinida o alterando marginalmente los costes de despido se ha mostrado estéril. Es necesario introducir un contrato único de carácter indefinido con indemnizaciones por despido crecientes para las nuevas contrataciones. Además, debe suprimirse la autorización administrativa para los despidos colectivos, desconocida en el contexto europeo y con un importante efecto disuasorio para las decisiones de inversión en nuestro país.
Por otra parte, la reforma debe dotar de mayor flexibilidad horaria al contrato indefinido a tiempo parcial, de forma que sirva para cubrir empleos susceptibles de tener una distribución irregular de horas de trabajo a lo largo del año. También deben eliminarse las restricciones que aún impiden a las empresas de trabajo temporal operar plenamente como agentes de intermediación laboral y acomodar las necesidades de empleo estacional de todo tipo de empresas. De esta forma será posible eliminar los contratos temporales actualmente en vigor, dejando solo un contrato de sustitución o interinidad.
No existen soluciones mágicas para resolver el drama del paro insostenible cada vez que tiene lugar una recesión. Ahora bien, con una regulación laboral tan disfuncional como la existente, será imposible lograrlo. Tras casi tres décadas intentando cambiar marginalmente este mercado de trabajo tan ineficiente e injusto ha llegado el momento de hacerlo de forma decidida.