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lunes, 10 de febrero de 2014

Cerdos.





Cuando la vida vale menos que la bala que los mata - Crónicas de la nada.

   Hay 14 cadáveres en Ceuta. Cuando ustedes lo lean, quizás haya aparecido alguno más. Su rigidez se ha impuesto, con la despiadada lógica de lo irremediable, sobre la superficie amarronada y pestilente de la actualidad nacional. Para colmar la copa de la desolación, los supervivientes acusan a la Guardia Civil de haber disparado contra ellos mientras estaban en el agua. Pero en esta tragedia cabe un poco más de tristeza todavía.
Recordarán ustedes que el argumento clave para endurecer las leyes de inmigración fue el llamado “efecto llamada”. En Marruecos se ve la televisión española, nos decían, y claro, tanto concurso millonario, tanto modelo de alta costura, tanta opulencia, induce a los inmigrantes a pensar que merece la pena pagar cualquier precio para traspasar el umbral del paraíso. Pero si vienen muchos, seguían declarando ante los micrófonos, mientras en sus despachos amañaban toda clase de concursos y adjudicaciones para forrarse con el dinero que ahora falta en escuelas y hospitales, se acabará todo.
Pues bien, ellos mismos se han encargado de acabar con todo sin la ayuda de nadie. En Marruecos se siguen viendo los telediarios españoles, una repugnante espiral de escándalos, corrupción, desahucios, suicidios, desempleo y desesperación, pero ellos lo siguen intentando. Con concertinas, con botes de humo, con las mortíferas corrientes del Estrecho, se siguen jugando la vida, la siguen perdiendo. Prefieren ser pobres en España que uno más en sus países de origen. A mí, cuando pienso en ellos, en su miseria, en sus anhelos, en las camisetas del Barça o del Madrid que algunos se pondrían para venir a morir a Ceuta, se me parte el corazón. Y hasta echo de menos a Dios, porque si creyera en él, tendría al menos la esperanza de que alguien pague por esto alguna vez, en alguna parte.

lunes, 1 de abril de 2013

España huele cada vez peor, a úlcera vieja, mal vendada




Últimamente pierdo todas mis apuestas. No me preocupa, estoy acostumbrada, pero me amarga la condición, la edad de los ganadores. No va a pasar nada. Mis hijos y sus amigos, entre los 28 y los 16 años, llevan semanas pronosticando que todos los procesos se atascarán, que todos los culpables saldrán bajo fianza, que todos los sospechosos resultarán inocentes, que nadie irá a la cárcel y no habrá pasado nada. Yo he intentado llevarles la contraria hasta ayer. Hoy, a punto de tirar la toalla, me estremece el miserable destino que nos hemos labrado.
Porque es miserable, más que triste, que quienes hemos crecido bajo una dictadura nos empeñemos en enarbolar la bandera de la esperanza, de la ilusión y la normalidad democrática, para que jóvenes criados en la democracia interpreten nuestros gestos como una muestra de ingenuidad casi senil. Aquí no pasa nada, nunca ha pasado nada excepto esa irremediable desilusión, el hastío que crece, día tras día, entre los españoles menores de 30 años. Ningún otro índice es capaz de expresar la pésima salud de nuestra democracia con más precisión.
Tampoco es de extrañar, en un Estado que se fundó en los silencios más que en las palabras, en la eficacia del miedo y los peligros de la alegría. Hasta hoy. Porque ahora resulta que los que tienen ánimo y arrojo para protestar por este escándalo sin límite, son unos violentos que encarnan una amenaza para la democracia. ¿Qué democracia? ¿La de los grandes partidos que se sostienen entre sí; la de los jueces que dilatan las instrucciones durante décadas; la de los apaños parlamentarios que garantizan la impunidad de los culpables? España huele cada vez peor, a úlcera vieja, mal vendada. Cuando la gangrena llegue al corazón, agonizará pidiendo calma, emitiendo mensajes de tranquilidad, y nos lo tendremos muy bien empleado.
El aumento de la pobreza en España tras la persistente crisis, hipoteca su futuro
En la sociedad española no solo hay cada año más pobres, sino que estos tienen cada vez menos y están más desamparados. Diversos informes presentados en las últimas semanas, entre ellos el informe Foessa de Cáritas, advierten de las consecuencias que el empobrecimiento de cada vez más amplias capas de la población tendrá para el futuro del país. Tras cinco años de persistente crisis económica, cuyo fin todavía no se vislumbra, la renta media de los españoles, que en 2012 se situó en 18.500 euros anuales, ha caído hasta situar el poder adquisitivo por debajo del que teníamos en 2001.
El paro, las reducciones salariales y los recortes en los servicios y subvenciones públicas han provocado un importante retroceso en las rentas medias y el hundimiento de los ingresos de las bajas. A ello hay que añadir un aumento de los precios de más de un 10% desde 2007 que castiga en mayor proporción a quienes menos tienen. Once millones de españoles se encuentran ya bajo el umbral de la pobreza (ingresos inferiores al 60% de la renta media), tres millones viven en condiciones de pobreza extrema (menos de 3.650 euros de ingresos al año) y el número de hogares con todos los miembros en paro alcanza ya 1,8 millones.
Lo más grave es que, junto a este empobrecimiento, se está produciendo un aumento de las desigualdades sociales. Pero el crecimiento de la brecha social no es solo consecuencia de la recesión económica. Es fruto de las políticas económicas de corte neoliberal que triunfaron a partir de los años ochenta. Entre 1995 y 2007, los años de burbuja inmobiliaria y el dinero fácil, las desigualdades no disminuyeron en España. Al contrario, pero la crisis las está agravando ahora de forma alarmante. Desde 2007 la brecha entre los ingresos del 20% de la población con mayor renta y el 20% de renta inferior se ha incrementado en un 30%.
Durante varias décadas, la población española ha podido vivir con alivio y orgullo el gran salto en la calidad de vida y el progreso social que se producía de una generación a otra. No solo aumentaba la prosperidad general, sino que disminuían las desigualdades. Pero el ascensor social se detuvo a mediados de los setenta y muchos españoles ven ahora el futuro con miedo porque temen que sus hijos, no solo vivan peor, sino que también estén más desprotegidos frente a la enfermedad y el infortunio.
Es necesario aplicar con urgencia políticas activas destinadas a evitar que la pobreza aumente y se cronifique. Seguir insistiendo en las políticas de austeridad y recorte prescindiendo de los efectos sociales que tendrán a largo plazo puede acabar siendo suicida, porque no solo compromete el bienestar del presente, sino las posibilidades de progreso de las futuras generaciones. Las sociedades con mayor desigualdad no solo son más infelices y tienen un menor índice de desarrollo sino que también tienen más dificultades para crecer.